El Olor de Albuquerque

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El olor de Albuquerque

 

Empezó mientras veía un capitulo de Breaking Bad, la serie.

Un plano de una casa de Albuquerque, Nuevo México. Una casa de una planta con un garaje anexo. Unas plantas amarillas en el frente. Plantas de campo que parecía que hubieran crecido espontáneamente, no plantadas, en un recuadro hecho en el hormigón de la acera claramente con la intención de ser ocupado por alguna especie vegetal más honorable, una palmera o un hibisco. A los lados de la casa rocalla marrón volcánica,  apenas de un tono diferente a la casa. Un patrón estándar de urbanización suburbana típica. Mejor dicho, un intento desesperado de parecerlo, de simular un entorno urbano, civilizado, ordenado. Casas atemorizadas disimulando su debilidad en mitad de ese desierto capaz de devorarlo todo al menor descuido.

Al fondo, nada. Silencio. El desierto y una lejana cordillera negra.

EXT. CASA URBANIZACIÓN. DIA.

Un coche entra en cuadro por la derecha, se detiene delante de la casa. Un hombre se baja. Se queda quieto un rato mientras mira alrededor, no se sabe si para confirmar que ha llegado donde quería  o preguntándose ¿qué hago yo aquí?. Entra en la casa.

Algo así pondría en el guión. Unos diez segundos. Un plano largo. Fijo.

Y eso era lo que veía.

Y lo que olía.

En una imagen en el televisor. En Madrid. A las dos de la madrugada. Desde mi sillón.

El calor hace que el olor del desierto sea peculiar. Una mezcla de ceniza mojada de hoguera mal apagada, excrementos e hinojo. Igual que veía el color pardusco de los hierbajos, olía su sequedad.

Desvié la mirada hacia el coche para comprobar lo que estaba sintiendo, esta nueva capacidad sensorial para oler las películas. Hice zoom olfativo, por así decirlo, sobre el coche y distinguí claramente el olor a aceite caliente y goma de neumático quemada; el olor a plástico de la tapicería; las viejas colillas recalentados por el sol. No solo eso, también se me hizo presente con nitidez cómo olería cuando se pusiera el sol. Ese momento en que todas las criaturas ofrecen impúdicas sus olores a la voracidad de la noche, al desvarío depredador de la naturaleza buscando alimentarse y reproducirse.

Empezó como algo evidente, natural. Sin ninguna sorpresa. Puede que por la hora o porque estaba deprimido, atemorizado como esa casa y eran ya muchas horas sin salir a la calle.

Cambié de canal para comprobar.

Zap. El perfume dulzón mezclado con maquillaje en un primer plano de la policía de Bones. Zap. La cebolla frita, la salsa barbacoa y el sudor del cocinero de Pesadilla en La Cocina. Zap. El olor de la pintura de los decorados y de los filtros de gelatina quemados de los focos en el noticiario.

Funcionaba.

Zap. Zap. Zap.

Volví a Albuquerque, Nuevo México. Al interior de la casa donde olía a bacon frito, café de filtro y cera para el suelo, todo mezclado con un ambientador barato que me hizo cerrar los ojos para buscar en mi memoria su referencia: algunos aseos de gasolineras; los garitos de las calles de atrás de las Ramblas de Barcelona; cuartos de hoteles por horas. Un olor que siempre que lo encuentro me transporta todavía más lejos porque no puedo evitar que aparezca en mi cabeza una palabra: Zotal. No solo un ambientador, si no un desinfectante para establos con un olor peculiar. Y entonces las referencias son también la cárcel y el cuartel. No es el mismo que el de la casa, claro, pero sí su naturaleza: un mal menor, ocultar el rastro de la promiscuidad, la podedumbre o la abyección con un olor falso igual de incómodo pero más tolerable.

Seguí en la serie esperando que volviera a aparecer algún otro plano de una urbanización en medio del desierto para volver a sus olores y a la búsqueda del yacimiento de su recuerdo, pues no podía ser de otra forma: seguramente estaba superponiendo el recuerdo de los olores de un paisaje real de mi memoria, si es que esto, real, se puede decir cuando hablamos de memoria, a ese paisaje fotografiado que seguramente se le parecía. ¿De qué verano estaban viniendo esos olores?

Pero esto de que los olores activen los recuerdos no tiene nada de raro. Lo sabíamos incluso antes de leer a Proust. En su época, casi precinematográfica, el flashback resultaba una innovación a la que no se estaba acostumbrado y deslumbró. Ahora ya nadie necesita ningún artificio para cambiar de tiempo en una narración. Ningún temblor, ningún mediador, ninguna coartada. Un corte, un punto y aparte y ya. Somos más sagaces, narrativamente hablando.

Lo raro es que la magdalena sea un televisor.

Puede que sea el tiempo que llevo sin salir de casa lo que me hace confundir la tele con el verano. Un desvarío, una alucinación. Eso es lo que dice Google cuando le consulto. Me lleva a la entrada “alucinación” y no me gusta lo que leo, el olor a locura que desprende, a soledad. Entonces lo escribo para crear otro olor que lo disimule y que me desinfecte.

Como el Zotal.

Acerca de Fernando Gil

Guionista, consultor comunicación corporativa y cultural

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