El hombre que no murió en Maltravieso

maltravieso manos

Esta noche se estrena la serie “El Ministerio del Tiempo” de Pablo y Javier Olivares que espero con interés pues son dos personas a las que admiro.

El tema, los viajes en el tiempo, me recuerda  algo que escribí hace unos años para un proyecto de exposición para Extremadura que recorría toda su historia. Ee el boceto de un personaje, basado en la huella prehistórica de una mano, encontrada en una cueva cerca de Cáceres, como hilo conductor de la exposición. No tiene nada que ver con la serie excepto, estoy seguro, la voluntad de llamar la atención sobre la importancia de la memoria común.

EL HOMBRE QUE NO MURIÓ EN MALTRAVIESO

5000 a.c.  cerca de Cáceres.

Tiene 20 años. Hoy hace frío en esta noche de primavera. El Hombre ha visto morir a los animales, también a una cría suya hace poco. Incluso él mismo ha dado muerte a animales y a algún enemigo.

Esta noche oye gemir a una joven hembra. Recuerda como gimió su hijo antes de morir. Piensa que tal vez pase lo mismo. Que pronto ella no estará. Que tal vez el también dejará de estar. Ese pensamiento es solo un destello. Algo que le aturde, que le hace acelerar la respiración como cuando corre y siente esos golpes dentro de él. Una especie de agotamiento, desconocido para él hasta ahora, y de temor le hace buscar el sueño para huir.

En la duermevela el Hombre se da cuenta de que hay cosas que primero no están, que luego están y que más tarde dejan de estar. Y de que otras, esas montañas, el agua que corre, las luces en el cielo, siempre están.

En los días siguientes observa qué cosas están siempre y cuales están a veces. En su lista coloca todos los animales que vio morir, sus semejantes, las plantas que comió, la luz del día, la luna. Miró mejor y se dio cuenta de que el agua no es lo que parecía: estaba siempre y no estaba siempre, cambiaba.

El Hombre descubre el Tiempo y siente miedo. El Hombre descubre que él es diferente de lo que le rodea porque sabe que puede no estar.

Mira dormir a sus crías y se pregunta ¿qué pasará cuando él no esté allí? ¿Quién cazará para ellas? ¿Quién las protegerá del lobo? Y, de pronto, otra vez, la respiración acelerada, la mano que le agarra por dentro y no le deja respirar: y él, cuando deje de estar allí, y todas las cosas que ya no están allí, ¿dónde están?, ¿a dónde van?

Hace semanas que apenas tiene fuerzas para salir a cazar. ¿De qué sirve si después se irá de allí, si no servirá de nada?. Se pregunta quien se acordará de él. Cómo sabrán los demás que él cazó en ese valle.  Su mirada se detiene en una marca en el suelo que ha aprendido a reconocer. La huella de la pezuña del jabalí que le indica que la caza esta cerca. Ve la huella y ve al jabalí. El jabalí no está ahí pero sí está ahí.

Al llegar la noche introduce su mano en el cuenco donde está la pintura rojiza que usa para adornar su pecho. Mira a su alrededor y ve la roca que siempre está. Y coloca su mano en ella. Y entonces el no está y sí está. Se aleja unos pasos y vuelve a mirar. La huella sigue allí. Sale de la cueva y espera un rato. Cuando vuelve a entrar la mano roja sigue allí. Cuando vuelve a salir mira al cielo estrellado y respira tranquilo. El también ahora está siempre.

El Hombre supo entonces qué haría.

Desde entonces el Hombre recorre incansable el tiempo. Mira y escucha. Es testigo. Un testigo tolerante y compasivo. Vio crecer las ciudades y las poblaciones. Vio destruirse a los hombres. Vio los prodigios de que eran capaces. Vio cómo se amaban y cómo se mataban. Cómo construían dioses y demonios. Cómo se libraban de las enfermedades. Cómo levantaban códigos para poder convivir sin matarse. Su edad le ha enseñado a tener compasión de sus semejantes. Ha conocido a muchos, en muchos lugares, de muchas épocas y siempre ha reconocido en sus ojos los mismos miedos, los mismos anhelos. Ya fueran los más fieros, los más malvados, los más poderosos, los más bondadosos, los más viejos , los más jóvenes. Los sanos y los enfermos. Los hombres y las mujeres. Solo los niños tenían su misma mirada, la de antes de que conociera el Tiempo. Y todos ellos merecían vivir. Cada uno de ellos era necesario para que todos siguieran vivos.

También descubrirá las palabras con las que designan su manera de admirar como superiores a las cosas de aquella lista que estaban siempre: la tierra, las montañas, el sol, la luna, el mar,… los llamarán dioses y acudirán a ellos para que les proteja del miedo a morir. Y se mataran por la forma de llamarlos.

Le gustaría decirles que no se preocupen, que hay una forma de no morir. Que cada uno morirá, sí, pero que todos sobrevivirán. Que hay una forma de estar y no estar. Le gustaría hablarles de la huella del jabalí, de su propia mano.

Es un coleccionista de huellas. Un conservacionista. Siente predilección por los historiadores, por los arqueólogos, los artistas, los entomólogos, los libros y los museos. Recorre el tiempo buscando las gentes, los momentos que servirán de testimonio a los que vengan para decirles que hay una forma de sobrevivir a la muerte. Él apenas puede intervenir en la historia humana directamente. Solo tiene una oportunidad de traspasar esa frontera: en momentos de fuerte intensidad emocional: la agonía, el peligro extremo, el sueño, el amor,…

Convenció a aquel soldado en Flandes para que le entregara aquellas cartas. Auxilió a aquel rey en la hora de su muerte recordándole la dignidad de su dinastía. Protegió en Pompeya aquella pequeña estatuilla con sus manos cuando el fuego amenazaba con destruirla. Cubrió con hojarasca aquel rastro para que no fuera pisado. Él fue quien dejó aquel trozo de piedra negra escrita en el escritorio del anciano arqueólogo mientras dormía bajo el calor sofocante de Egipto. Solo él sabe cómo hacía para que aquella vieja contará una y otra vez la misma historia hasta que sus nietos se la aprendían. Tal vez fuera él quien salvó de aquella turba los libros en aquel sótano; quien dirigió los camiones que salieron de los museos en la noche de los bombardeos; quien alentó a los habitantes de Berlín a reconstruir sus iglesias.

Pero nada le causó más placer que cuando tuvo ocasión de poner a aquel muchacho sobre la pista de la cueva donde descubrió por primera vez, y simultáneamente, el veneno del tiempo y su antídoto. Volvió a sentir de nuevo aquella palpitación instantes antes de que la lámpara del chico le confirmara que, efectivamente, no había muerto.

El Hombre que no murió en Maltravieso solo desea que las huellas no se pierdan. Perderlas nos haría olvidar y nos dejaría sin consuelo. Nos dejaría solos con la muerte y la nada.

El Hombre sabe que el conjuro contra la muerte es una palabra: nosotros.

26.04.06

Acerca de Fernando Gil

Guionista, consultor comunicación corporativa y cultural

  1. Mamen Gutierrez de la Torre

    Lo leí entonces y me gustó. Hoy he descubierto que el tiempo le ha dado a tu escrito una pátina no indeleble ni intemporal: yo la llamaría orgánica. (Eso sí, después de un rato buscando el vocablo que pudiera contener lo que he percibido en la lectura).
    Me ha impresionado el poder transformador de las palabras.
    Me ha llegado como un precioso regalo y como tal te doy las gracias, Fer.
    Mamen

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