LA ESPERA. Un cuentito.

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Un cuentito.
LA ESPERA

Durante los últimos diez años, al acabar el trabajo con las cabras y preparar la cena para su mujer impedida, Juan Fernández Olivera cogía una azada y, hasta que anochecía, golpeaba el suelo de roca y tierra seca alargando un poco más un surco que partía desde el interior de su cobertizo y se dirigía hacia las montañas. Cada día sin falta, desde aquella tarde al poco de volver al pueblo desde la ciudad cuando a su mujer le alcanzó el mal. Aquella casucha en medio de ese desierto seco era todo los que les quedó después del hospital.

Nadie sabía qué había dentro de aquel cobertizo ni cual podría ser el sentido de ese surco. Nadie que no hubiera leído, como él sí había hecho, un viejo libro de la biblioteca municipal: la Enciclopedia Agrícola, de Santiago López-Quintana, editada en 1923 en la imprenta Hijos de Lavalle de Almería. Allí, si alguien hubiera querido leerlo, en la pagina 186, en el capitulo titulado “Regimenes de lluvias y rendimientos agrícolas. Curiosidades”, estaba escrito el sentido de la vida de Juan Fernández.

Cada diez años aproximadamente, podía leerse, un extraño fenómeno meteorológico tiene lugar en la sierra Carentona. Un breve periodo de fuertes chubascos, provocados por un inhabitual viento de sureste, hacen que el viejo cráter del Pico Lagarto se llene de agua. No mucho, unos diez hectolitros. La imprevista humedad, entre otras coincidencias, hace que, a partir de una espora, se desarrolle y florezca asombrosamente en medio de aquel yermo gris una especie de arbusto capaz de dar unas flores amarillas. Tan bellas como improbables. Se le llama “cantabela”, se agosta rapidamente como todo en ese secarral y no vuelve a aparecer hasta que el azar vuelve a repartir las mismas cartas con esa asombrosa cadencia.

Hace diez años, cuando la lluvia empezó, Juan Fernández estuvo tres días sentado en silencio a la puerta de su casa. Mirando el resplandor de los truenos a lo lejos, viendo los ominosos movimientos de las nubes negras adheridas a los picos, oliendo al atardecer la tierra mojada debajo del arco iris. Al tercer día se levantó y cogió la azada.

Hoy el surco está completo y Juan Fernandez está sentado dentro de su cobertizo, al borde de una pileta vacía cuidadosamente excavada en el centro de la estancia, volviendo a oír los truenos y el viento, esperando a que comience a llover de nuevo en la montaña.

Esta vez el agua vivificadora será para ella.

Fernando Gil. Texto y dibujo.

Acerca de Fernando Gil

Guionista, consultor comunicación corporativa y cultural

  1. Anónimo

    Cuatro cambios (sobre todo el último, y el título) sobre el original que en su día publicaste: los justos para pasar de la belleza a la emoción. Chapeau!

  2. Anónimo

    Cuando no es vana, la esperanza (como la suerte) es para quien la trabaja. Como Juan Fernández. Como Fernando Gil. Gracias por retomar los posts. P.

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