El narrador es un trampero/cazador

¿Por qué la narración de ficción?

LoneTrapper

El que escribe siempre quiere hablar de si mismo. O de sus ideas. O de lo que piensa del mundo o de sus semejantes. De lo que el cree que está bien y mal. El escritor es narcisista. Necesita que le escuchen. Cree que sus ideas, sus opiniones sobre lo divino y lo humano son relevantes para los demás. Que podría ser. Pero nadie aguanta mucho tiempo a otro que solo habla de si mismo. ¿Qué rollo, no?.

A nadie le interesa, excepto a los seres queridos y a los psiquiatras, algo que comienza con: yo creo… lo que me pasa… lo que me parece… Pero si comenzamos diciendo:

Esta mañana, en la azotea del edificio de enfrente del hotel, había una mujer de pie en el alero. Desnuda.

Si te callas en ese momento cualquiera que te esté escuchando dirá: ¿Y…?

Lo que quiere saber, sin poderlo evitar, es por qué la mujer estaba allí, por qué desnuda, qué hacías tu es ese hotel mirando por la ventana y, sobre todo ¿¡ Qué pasó a continuación!?

El ser humano siente una fuerte atracción hacia las narraciones. Desde los tiempos más remotos. En todas las culturas. Algo profundo y poderoso. Seguramente algo en los genes relacionado con el cerebro, con la naturaleza simbólica de su mente, con su inteligencia que, a diferencia de otros animales, le hace capaz de percibir el mundo y por lo tanto su caos y su peligro lo que le provoca ansiedad y la necesidad consiguiente de tranquilizarse ordenándolo como sea durante un rato.

Tiene además una mente curiosa, que lo es de muchas maneras, pero especialmente de la variedad… cotilla: no puede resistirse a una historia ajena. Da lo mismo que esta sea real o inventada siempre que se ajuste a cierto patrón estructural al ser referida. Un patrón que debe cumplir la condición a la que antes me refería: que culmine con el mundo ordenado de nuevo. Y eso le causa placer, en el sentido de saciar una necesidad básica, como la sed o el hambre o el sexo. Las narraciones lo tranquilizan.

El escritor sabe eso, o debería saberlo, y usa entonces las historias, reales o de ficción, como cebo, como señuelo, para que le escuchen, para que lo lean. Con ese envoltorio tiene una posibilidad de que le hagan caso. Como el azúcar para la medicina amarga, la narración es una trampa para cazar. 

Es necesario, en primer lugar, que huela bien, que enganche, que provoque la curiosidad del lector, que active su “pulsión narrativa” mediante el reconocimiento de las señales primigenias. Que se diga: esto parece una narración, puede que me lo pase bien. Que le seduzca, es decir, que le atraiga irracionalmente. Debe conseguir que el lector, el espectador quiera saber qué pasará a continuación, que quiera llegar hasta el final  tranquilizador y revelador.

Revelador, esa es la palabra clave para conseguir un cebo mejor.

La revelación necesita de un ingrediente añadido a la narración: la literatura. (No, no es lo mismo…)

Porque para que la ficción funcione más allá de la satisfacción del componente cotilla y tranquilizador, es necesario dotar a la narración de la dimensión literaria, artística. La que permitirá, mediante el buen uso de los medios propios de su arte y el inspirado manejo de la inherente capacidad multisignificativa  y simbólica del lenguaje, hacer aparecer como de la nada, revelándolo, lo que no está en la historia, en la trama, en lo que pasa: lo inefable de la experiencia humana.

Un placer mayor. Un cebo de mejor calidad.

Porque de esta manera la narración se convierte en un mecanismo asombroso que dispara la imaginación, los recuerdos, las emociones del lector. Una máquina en manos del lector, del espectador, que le convierte en coautor. Que además de saber de otros, le permite descubrir algo sobre sí mismo. Entonces, ya si, el autor puede meter lo que quiera.

Tal vez quien empezó a contar aquella historia de la mujer en la azotea de lo que quería hablar en realidad era de la soledad o de la insoportable angustia de la soledad o de las cosas que cambian a los cincuenta años… esas cosas tan difíciles de nombrar y explicar. Esas cosa que se piensan con el corazón. Pero tendrá que ser el lector el que lo comprenda por si mismo. No hay otra forma que atraerle hacia esa zona primaria donde las cosas del mundo todavía no tenían nombre pero eran trasparentes. Donde habitan las ideas, los sentimientos, antes de ser ineficazmente traducidos por las palabras corrientes.

Por eso hay que dar un rodeo, disimulando, ocultando nuestras intenciones, como el cazador con su presa. Tiene que picar el anzuelo y tragarse ese compuesto intoxicador que le abra su mente y su corazón al mundo de lo que no se expresa con palabras. Porque así podemos lograr que sean las propias palabras, en forma de poesía, relato, guión, la puerta hacia el conocimiento de lo inexpresable.

Cuando te falten las palabras, cuenta una historia.

Barcelona, 31.10.1005

Madrid, 15.01.2013

Acerca de Fernando Gil

Guionista, consultor comunicación corporativa y cultural

  1. Vaya….al final no me he enterado de por qué estaba ahí esa mujer…;)

  2. Florence May

    No te imaginas lo que lo he disfrutado.
    Gracias.

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